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Parlatica

Abel Pacheco apacheco@larepublica.net | Lunes 26 julio, 2010


Parlatica
Quiero aclarar que en las reuniones zapoteñas, cualquier tema se prestaba para acaloradas discusiones, dada la inmensa presión psicológica que se vive cuando se desempeñan funciones gubernamentales

No recuerdo quien fue, pero siendo este servidor presidente y en una reunión, alguien afirmó: “Ese tal Fulano es un gran peine”.
A lo que otro contestó: “Nunca he entendido eso de peine… ¿Qué tiene que ver un peine con la vagabundería?
-Bueno, dijo el iniciador del diálogo. Así llamamos los ticos a quienes se la pasan peinando la culebra.
Absurdo replicó el otro ¡Las culebras no tienen pelos para peinarles!
Quiero aclarar que en las reuniones zapoteñas, cualquier tema se prestaba para acaloradas discusiones, dada la inmensa presión psicológica que se vive cuando se desempeñan funciones gubernamentales.
Psiquiatra al fin, intervine para calmar los ánimos, y recordando los años vividos entre bananales procedí a explicar el origen de la expresión causante del conflicto.
Les dije a ellos y le cuento a usted, paciente lector, que en los años viejos de la United Fruit Company era tal la abundancia de serpientes, que casi no pasaba un día sin que un trabajador fuera mordido o al menos amenazado por una víbora.
Por demás decir la carencia casi total de sueros antiofídicos en la región. Lo cual hacía aún más grave el problema.
Mamita Yunai decidió entonces dedicar una cuadrilla de hombres escogidos a peinar los matorrales día con día, para ubicar y matar los temidos reptiles.
Y nació así la cuadrilla de los peinadores, que acabaron siendo llamados “peines”.
Pero como la cosecha de tobobas era sencillamente espléndida, al cabo de un par de horas de búsqueda y acción, ya se tenían los cadáveres de dos o tres de ellas, lo cual era suficiente para justificar el salario.
El resto del día y lejos de la mirada de los mandadores, aquellos hombres se dedicaban a dormir a pata suelta, o sencillamente a soñar con el pueblo lejano y la noviecita ausente.
Por supuesto el resto de los trabajadores detectaron el juego, y procedieron a equiparar la frase “peinando la culebra” con vagabundería.
Tal el origen de la expresión y, como puede usted seguir afirmando, “no hay tal culebra de pelos”.
En cuanto a la reunión zapoteña, los ánimos se calmaron después de la explicación, y todos nos fuimos a peinarla.

Abel Pacheco

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